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Recordando a los refugiados

Era Navidad, cursaba el año 2015… Andaba yo rondeando por mi dorada ciudad, recorriendo sus bellas calles repletas de gentes llegadas de todas partes, deleitándome con los puestos del mercado todo engalanado de frutas brillantes, corderos lechales tiernísimos, de capones, pulardas, patos. Y me puse a soñar con lo rico que quedaría todo en una de mis ollas, cuando me di cuenta de que aunque me escondiera entre estas piedras no podría huir del drama de los refugiados

A las cifras imparables de personas que intentan sobrevivir un día más; o que solo aspiran a algo tan simple como «dormir una noche sin frío». Lo peor es que toda esta problemática no es de fácil solución, pues es una situación muy compleja. Significa compartir, reorganizar lo que estaba bien ordenado. Perder nuestra privacidad favoreciendo a otros con los que no tenemos nada en común. Y surge el temor; y del temor puede originarse la xenofobia, la intolerancia, el rechazo.

Asistimos perplejos a distintos focos de barbarie en el mundo: Siria, Irak, Afganistán, Turquía, Nigeria, Mali… Y es que a todo lo anterior, tenemos que añadirle el éxodo de los colombianos que actualmente son empujados por la fuerza a abandonar Venezuela, la tierra que por mucho tiempo había sido su casa de acogida. Un drama más. Hacia el norte, la xenofobia asoma nuevamente en Estados Unidos contra los mexicanos y los inmigrantes de origen hispano.

Es así que, reflexionando sobre esta situación que nos conmueve a todos, pensé en la multiculturalidad, en el encuentro que muchas veces se torna en desencuentro cuando las culturas chocan como dos placas tectónicas que propician los seísmos.  La multiculturalidad necesita de la interculturalidad, que significa el respeto e igualdad entre los diferentes. Implica diálogo, comprensión, ceder, compartir el espacio por partes iguales. Cada uno percibiendo la realidad a su manera, pero tolerándose en un plano de igualdad.

Algunas organizaciones trabajan para planificar una sociedad más justa, solidaria, con valores… lo cual es tarea de todos. Todos deberíamos arrimar el hombro porque lo que sucede en ella nos va a afectar. Dentro de mis cuatro paredes todo puede ser perfecto, incontaminado, pero alguna vez voy a tener que salir y me daré un encontronazo con la realidad, el día a día de ahí fuera. Me daré de cara con la intolerancia, con mi irresponsabilidad social por no salir de mi gueto particular. Por lo tanto,  conviene trabajar para que alcancemos una convivencia pacífica, y facilitar el entendimiento entre culturas, propiciando la comunicación, el aprendizaje, el respeto entre ellas.

¿Debemos inmiscuirnos los cristianos en estos temas? Si leemos la Biblia con sinceridad, por ejemplo el mensaje de los profetas, no podemos negar que Dios nos incita a preocuparnos por la realidad en la que estamos insertos. Y que debemos participar en la búsqueda de una sociedad mejor, pero sin olvidar que, como dice una autor que releo estos días: «… la respuesta principal y más poderosa a las necesidades sociales y políticas del hombre, a su búsqueda de libertad, justicia y realización, está dada por Jesús en su propia obra y en la iglesia». Es necesario una nueva comunidad transformada por él, que tendrá una nueva actitud hacia el poder y su ejercicio, hacia las barreras y los prejuicios humanos, la justicia…

Hay mensajes que no necesitan palabras. Sólo basta el ejemplo, el reflejo de Cristo en nosotros. Ser diferentes, pero por eso. Basta con dejar caer unas gavillas para que el que es diferente las recoja. ¿Acaso no lo mandó Dios a su pueblo escogido?: “Cuando recojas la cosecha de tu campo y olvides una gavilla, no vuelvas por ella. Déjala para el extranjero, el huérfano y la viuda. Así el Señor tu Dios bendecirá todo el trabajo de tus manos”. […] Cuando coseches las uvas de tu viña, no repases las ramas; los racimos que queden, déjalos para el inmigrante, el huérfano y la viuda. Recuerda que fuiste esclavo en Egipto. Por eso te ordeno que actúes con justicia” (Deut. 24:19-21) NVI.

“Ya he retirado de mi casa la porción consagrada a ti, y se la he dado al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda… conforme a todo lo que tú me mandaste…”, debían decirle a Dios en signo de obediencia. Dios había diseñado los caminos que propiciaban una convivencia basada en la obediencia a sus mandamientos, donde los excluidos tenían cabida en medio de su pueblo. Compartían de las bendiciones recibidas en la tierra que les había dado. Era un gesto voluntario. Reverente. Como vemos, la hospitalidad no era una asignatura optativa. A nadie le debía de faltar el sustento, ni los derechos ni las obligaciones. Cuánto cuidado tenía Dios por los diferentes, por los que se habían acogido bajo sus alas. Como Rut, la moabita, que no era judía entre las judías, no obstante, llegó a formar parte de la genealogía del mismísimo Jesús, el Hijo de Dios. Y lo sigue teniendo. No dijo que eso era para una determinada época.

Quizás nosotros no hemos venido de otro país, de los bajos fondos de la exclusión social, de la marginación, pero sí hemos sido esclavos en Egipto, y liberados por pura gracia. Y ahora podemos decir que hemos sido blanco de la mirada amorosa de Jesús, de su gracia que nos ha salvado. Un regalo, decimos. ¿Seremos capaces de darlo a otros? Quien recibe de gracia debe dar de gracia. ¿Facilitaré el proceso de la interculturalidad en mi casa, en la iglesia, en la sociedad?

Abro la Biblia nuevamente, me dirijo al Antiguo Testamento y no necesito buscar mucho para encontrar, en los textos legales, nuevas pautas sobre el trato a los inmigrantes: “Cuando algún extranjero se establezca en el país de ustedes, no lo traten mal. Al contrario, trátenlo como si fuera uno de ustedes. Ámenlo como a ustedes mismos… Lev. 19.33-34. La directriz es que tuvieran derecho a la situación de bienestar de la que gozaban los israelitas. Estamos hablando de justicia social. De legalidad. De amor. Claro, ¿acaso puedo dudar de tener un Dios que es Juez justo? Y el Hijo, nada más iniciar su ministerio, señaló que seguiría la estela de su Padre. No necesitamos repetir lo que dijo, otra vez, su forma práctica de hacerlo lo dice claramente. Su Amor por los pobres de espíritu, por los cautivos… por los que necesitaban de la hospitalidad en la casa del Señor, donde hay mesa aderezada, donde la copa está rebozando… Él mismo iría a preparar morada, se adelantaría para recibirnos a lo grande.

Cada vez me adentro más en estas reflexiones y siento que no tengo escapatoria en esto de amar como Él ama. No digo que lo haya alcanzado ya, pero lo tengo presente. Basta sólo con mirar a nuestro alrededor para percibir la hospitalidad de Dios. Cómo ha preparado cada detalle para que podamos vivir con comodidad en este mundo. Cómo da muestra de tanta generosidad a pesar de lo que somos. Cómo nos acoge bajo sus alas pues “ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús” (Gálatas 3.28).

Ante tanta facilidad, ¿por lo menos no he de intentar seguir este paradigma que Dios me muestra? Acogiendo, siendo hospitalarios… estaremos sirviendo a Dios. “El que presta algún servicio, hágalo como quien tiene el poder de Dios… Así Dios será en todo alabado…”. Así estaremos mostrando la Esperanza que hay en nosotros.

Por Jacqueline Alencar

Referencia:
protestantedigital.com

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